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Resumen del libro

Time and the Highland Maya

En los años setenta, Barbara Tedlock llegó a Momostenango, en Guatemala, para estudiar el calendario maya y terminó como aprendiz de un contador de los días. El libro cuenta lo que aprendió desde dentro: cómo viven los k'iche' el tiempo, día tras día.

Actualizado el 25 de septiembre de 2026

Portada de Time and the Highland Maya

Una fuente de la lectura de Mayanastro

Time and the Highland Maya

Edición leída: Barbara Tedlock · University of New Mexico Press · 1992

Esta edición en Open Library

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Resumen y comentario de Mayanastro, escritos a partir de la lectura del libro. No reemplazan la lectura. Barbara Tedlock no tiene relación con el sitio.

En resumen

  • Es la etnografía más citada de la cuenta de los días que sigue viva en el altiplano de Guatemala, hecha en Momostenango, un pueblo k'iche'.
  • La autora y su esposo, Dennis Tedlock, fueron iniciados como contadores de los días en 1976, y el libro nace de ese aprendizaje.
  • Para los k'iche', día y sol son la misma palabra, y cada día tiene una cara que da el tono de lo que ocurre en él.
  • La adivinación junta dos cosas: la cuenta de los 260 días con semillas y los pulsos que el contador siente en su propio cuerpo.
  • La edición revisada, de 1992, añade la astronomía, las estaciones y lo que la guerra cambió en los pueblos.

1. La antropóloga que aprendió a contar los días

Barbara Tedlock pasó tres temporadas en Momostenango, en 1975, 1976 y 1979. El pueblo, en el departamento de Totonicapán, es famoso desde la conquista por los ritos que se hacen fuera de la iglesia, en los cerros y en los nacimientos de agua. Ella y Dennis Tedlock pidieron aprender con un contador de los días, cumplieron el aprendizaje y fueron iniciados.

Esa decisión es el corazón del libro. Tedlock venía de la etnomusicología, donde quien estudia una música aprende a tocarla. Sostiene que lo mismo vale para la adivinación: el calendario solo se entiende desde dentro, hablando su lengua y haciendo lo que hacen los contadores. Para ella, la objetividad nace de la conversación entre personas, y no de la distancia.

El resultado es una descripción que no separa la cuenta del sentido. Los mayas midieron el tiempo con precisión, pero también les importaba la calidad de cada momento, lo que significa para la vida de la gente. Esa parte, la más difícil de alcanzar, es la que persigue el libro.

2. Los ajq'ijab' de Momostenango

El contador de los días, ajq'ij en k'iche', es quien cuida los días. Nadie elige el oficio por gusto: suele llegar con una enfermedad que no se va, con sueños insistentes, con señales que alguien mayor reconoce como un llamado. Viene luego un tiempo de aprendizaje con un maestro y la iniciación, fijada para el día 8 B'atz'.

En Momostenango hay una jerarquía que Tedlock no encontró en otro lugar. Por encima de los contadores comunes están los que rezan por un linaje, luego los de un cantón y, arriba, los que rezan por todo el pueblo, llamados madres-padres. Muestra que allí sacerdote y chamán no son papeles separados: el mismo hombre que hace el rito público pasó por la enfermedad, sueña y siente la señal en el cuerpo.

Los lugares de oración acompañan la cuenta. Cada número manda al contador a un altar, y los altares están en cerros y nacimientos de agua con nombres propios. Allí el espacio también se mide en días.

3. Los 260 días y el año de los cargadores

En k'iche', q'ij quiere decir día y sol a la vez, y es lo más cerca que la lengua llega de una palabra para tiempo. Cada día tiene su cara, uwäch uq'ij, y la suerte de una persona en un momento se llama la cara de su día.

La cuenta de 260 días, veinte nombres con trece números, no sigue a ningún astro. Tedlock la liga al cuerpo y a la milpa: es el tiempo de una gestación y el del maíz de montaña, que se siembra y se cosecha en el mismo nombre de día. Cuando se les pregunta cuál es el primer día, los contadores dicen que no hay uno, o eligen en el momento un día importante, como el 8 B'atz'. En la práctica, la cuenta empieza siempre en el día de hoy.

A su lado corre el año de 365 días, cargado por cuatro días que se turnan, los Mam: Kej, E, No'j e Iq'. Cada año tiene el carácter de su cargador y un cerro sagrado donde se lo recibe. El año nuevo no llega de golpe: su Mam entra a medianoche y tiene que aparecer dos veces, con veinte días de diferencia, para que el año esté completo.

4. La cara de los días y la sangre que habla

Los estudiosos intentaban fijar el sentido de cada día por el origen del nombre. Tedlock muestra que los contadores hacen otra cosa: recuerdan cada día con frases cortas que juegan con el sonido del nombre y apuntan al rito de ese día. Por eso el sentido cambia de un pueblo a otro, según lo que cada uno acostumbra hacer. Y ningún día es del todo favorable ni del todo adverso.

Los números también pesan. Los bajos, 1, 2 y 3, son suaves, cosa nueva. Los del medio, 7, 8 y 9, son de fuerza medida, buenos para los ritos que mantienen la vida en paz. Los altos, 11, 12 y 13, son fuertes y serios, cosa madura. Pero número y nombre no se funden en una unidad, como suponían los estudios antiguos.

La adivinación junta la cuenta y el cuerpo. El contador extiende semillas rojas y cristales, cuenta los días desde hoy y, al mismo tiempo, atiende a los pulsos que le recorren la piel, el relámpago en la sangre. Un salto en el brazo izquierdo o en la espalda quiere decir una cosa, al frente o a la derecha otra. En k'iche', ese trabajo se llama entender.

5. El cielo, los gavilanes y el tiempo que se acumula

Los capítulos nuevos salen del calendario y van al cielo. Las direcciones mayas son caminos del sol, y no puntos fijos de brújula. En la estación seca, los contadores observan la salida y la puesta de las estrellas para marcar el trabajo en la milpa. El paso de grandes bandadas de gavilanes anuncia el cambio de la seca a las lluvias, y con él la hora de sembrar.

El libro cierra con una idea sobre el tiempo. Los k'iche' piensan los ciclos como capas que se suman, y no como etapas que borran las anteriores. La noche pertenece a dos días, el que termina y el que empieza, y un sueño se les pregunta a los dos. Lo nuevo se junta con lo viejo sin expulsarlo: el maestro de Tedlock usaba abono comprado sin dejar los ritos de la milpa. En una conversación sobre los conversos católicos que querían cambiar los ritos de la tierra por los suyos, resumió esa postura en una frase.

“No se puede borrar el tiempo.”
El maestro de la autora, citado por Barbara Tedlock, p. 202 (traducción nuestra)

6. Cómo entra este libro en la lectura de Mayanastro

Es una de las dos bases de la lectura. De aquí viene la idea de la cara del día, y la certeza de que el día inclina la vida sin decidirla. De aquí vienen también las franjas de los números (los suaves, los de fuerza medida, los fuertes) y el cuidado de no inventar una franja para el 4, el 5, el 6 y el 10, que el libro deja sin clasificar.

La cuenta del año también sale de aquí. La medianoche como frontera del día, los cuatro cargadores con sus cerros en Momostenango y las fechas del año nuevo registradas en 1976, 1977 y 1978 sirvieron para verificar el motor del sitio, que da exactamente las mismas.

7. Los límites del libro

Es el retrato de un pueblo en un tiempo, Momostenango en los años setenta. La propia autora muestra que Chichicastenango y los pueblos ixiles leen los días de otra manera.

El libro describe la adivinación, no una lectura del nacimiento. Quien busca lo que su día dice de sí encuentra pistas, pero no un retrato por nawal. Ese retrato, en la tradición, viene de los propios contadores de los días, y de ellos toma Mayanastro esa parte.

Es también un libro académico, denso, en inglés, con la grafía antigua de los nombres (Quej, Noj, Batz), anterior a la que fijó después la Academia de Lenguas Mayas.